Ficha
Las cosas pierden impacto. La Matanza de Texas rula por televisión como un telefilme más y provoca más risas que miedo entre sus espectadores; y ya nadie llora cuando ve la escena de la muerte de Dicaprio en Titanic. La niña de El Exorcista es un icono carente de mensaje que recrear en Halloween y otras fiestas de guardar, y como mucho es empleada como insulto para mujeres muy encabronadas por algo.
Marilyn Manson no iba a ser más. En términos publicitarios, es un producto. Un producto que asociar directamente con las dos o tres gráficas de ciclo de vida que existen en el márketing. No todos podemos ser la Coca Cola. Y mucho menos algo tan perecedero y mortal por definición como un ser humano.
Pero parémonos a pensar por un momento: ¿Realmente, a estas alturas, alguien está esperando algo impactante de Marilyn Manson? ¿Mediáticamente? ¿De forma remotamente parecida a lo que ocurrió en 1996? Igual sacar un fragmento de una actuación suya en las noticias de Antena 3 escandalizará a algún cuarentón burgués, que en adelante se referirá al Reverendo como “el hermafrodita ése”, pero resulta evidente que la cosa no pasará de ahí. La cosa va, más bien, de una vieja estrella de rock venida a menos, tratando de sobrevivir en una industria discográfica feroz, que no perdona flaqueza alguna de sus productos, y The Golden Age of Grothesque fue un punto negro. No ya el disco, que personalmente no creo que sea mucho peor que la mayoría de sus álbumes, sino todo el cambio que trajo en la vida de Manson y en su forma de entender el arte y el espectáculo… y también el mundo. Si el anterior trabajo y sucesor del Golden, Eat me, Drink me, supuso una herida abierta en su corazoncito que expuso al mundo su fragilidad como ser humano, desmitificando por completo la figura de <<Anticristo Superstar>> que tantos años le había llevado fraguarse, en este último, Manson, arruinado, consumido por las drogas, el alcohol, el abandono, y la idea de que nunca vivirá tiempos mejores merodeando, hace un esfuerzo por sobreponerse a la sobreexposición que experimentó desde 2003, argumentando que tanto amor y tanta ñoñería no fue más que una pérdida de tiempo y que si cogiera a sus amantes vivas, probablemente les rebanaría el cuello y después se desharía de sus cadáveres, poco más o menos.
Como mero espectador, creo que a este buen hombre, sus dos últimas relaciones “serias” (o todo lo seria que puede alcanzar a ser una relación con Marilyn Manson) le han dejado muy, muy jodido. Y que, de nuevo, pretende curarse a sí mismo a través del arte. Lo que nos lleva, por tercera vez, a la sobreexposición de su vida privada.
¿Y a mí qué me parece todo esto? Porque esto es una crítica. Pues cojonudo. Porque como a mí me la sopla si está comercialmente acabado o no, si se tira a Stoya o a un travesti filipino, y me voy a limitar a escuchar sus discos, he de decir, que desde que inició su descenso, la cosa ha ido en ascenso, paradójicamente. Si The Golden Age of Grothesque (2003) musicalmente era… discreto, en mi opinión, con Eat me, Drink me (2005), logró subir un peldaño, pariendo un disco de rock clásico de lo más potable, con sus himnos pop incluídos. Y lo chulo es que The High End of Low está claramente por encima de su predecesor, por lo que, podemos decir que, parafernalia a parte, algo va bien en la carrera del Reve.
Si te lo pones de principio a fin, la cosa empieza muy, muy bien con Devour, en mi opinión la mejor canción del disco. Un tema que empieza sigiloso pero se vuelve muy, muy intenso, con una parte final apoteósica en la que Manson berrea poseso “The pain’s not ashamed to repeat itself!”. Lo primero que pensé cuando la escuché, fue que establecería algún tipo de “puente” entre la temática canibalista de EMDM y este nuevo disco, y creo que es, más o menos, la intención que tenían estos Blood Brothers (Twiggy y Manson, recordemos que en este disco se han reencontrado tras seis años peleados). La cosa se pone nazi, para no variar siendo Manson, con el típico tema mansoniano Pretty as a Swastika (Disposable Teens, Rock is Dead, The Beautiful People), que se ganó, como era previsible, la censura por parte de la discográfica, que sustituyó el nombre del símbolo milenario por una cariñoso $, que posteriormente Manson adoptaría como propio para diseñar su propia versión de la cruz gamada, cruzando dos de éstos para proyectarlo en su gira (The Etc Tour). El disco atraviesas momentos muy, muy pop, con temas accesibles al gran público y pegajosos como Leave a Scar, Blank and White, la insulsa y prescindible Unkillable Monster, o el single promocional, Arma-Goddamn-Motherfuckin’-Geddon (temón mainstream donde los haya, si no fuera por la versión “radio edit”, que deja el estribillo en un triste “arma…arma…arma…armageddon”, pero también tiene sus temas, digamos, “sospechosos de stoner”, que en mi opinión ponen en evidencia lo que ha rondado Twiggy los años que estuvo fuera de la banda.
De otro lado, tenemos piezas singulares, como We’re from America, himno, a estas alturas, que coquetea con el punk, pero recuerda a los singles más machacones de la discografía; una pesadilla musical progresiva (no por mala, sino por la atmósfera agónica y angustiosa que genera en el oyente) de nueve minutos redondos de duración, bautizada como I Want to Kill You Like They Do in the Movies, una locura psicodélica, o más bien psicotrópica (WOW), una bonita melodía con unos arreglos mejorables (Into the Fire), o la grande, Four Rusted Horses.
El disco se cierra, por aquello de hacerlo redondo (los fans sabemos la fijación que tiene Manson con el numerito), con el tema 15. Malo, malo, malo y malo.
En líneas generales, Manson arriesga más de lo que a primera vista pueda aparentar, como casi siempre. Pero tampoco habría entendido el público otra cosa, creo. Los tiempos de giras locas y protestas de asociaciones cristianas están quedando ya muy atrás, y este viejo icono del mal agota todos sus cartuchos como alternativa a seguir al conejo hasta la madriguera. Y los agota que da gusto. Qué coño.
Frances Meiwes