Era una pequeña niña a la que le brotaban ramas de los hombros, y no tenía brazos. Cada vez que quería jugar, saltar a la comba, las ramas le pesaban demasiado y la ausencia de hojas incluso le entristecía; le entristecía tanto, que a veces soñaba con ser un árbol, un árbol de la cabeza a los pies. Y poder conservar sus ramas, a las que en secreto y pese a la desdicha que provocaban a sus padres, íntegramente humanos, les tenía tal aprecio, que en sus peores pesadillas, un leñador con bigote y traje de domingo, la perseguía de noche en un bosque incandescente, motosierra en mano.
Y así, aquella niña-árbol pasaba los días sin poder jugar con sus amigos, sola en el bosque hablando con los árboles, a los que jamás arrancó una respuesta. A veces les gritaba, con tanta ira, con tanta furia brotando desde sus pequeños pulmones, que volvía a casa sin voz, y entristecía aún más a su madre, que desde muy pequeña la miraba con desdén cada vez que entraba en casa y se esforzaba por quitarse su diminuta chaquetita con cuidado de no desgarrarla con las ramas.
La última tarde, oscurecía ya en el bosque, cuando no pudo evitar gritar angustiada, una vez más, a sus inanimados amigos que, como de costumbre, no devolvieron respuesta alguna. En algún momento esa tarde, deseó arrancarse el corazón, pero se le antojaba imposible sin brazos para empuñar un cuchillo, así que optó por arrancarse aquello que tanta angustia le causaba. Decidida, pero con las piernas temblorosas, mi pequeña e indefensa niña se aproximó al desván en el que su padre guardaba las herramientas, y tomó con la boca la antigua sierra a la que tantas veces había visto desgarrar a los que no tenía más remedio que considerar sus hermanos, y cuando la noche decapitaba las cabezas de los árboles, volvió a adentrarse en el bosque. Posó la sierra en el suelo y puso encima una de sus ramas, y no dudó: apretó. Deslizó su ramita izquierda, una y otra vez, sobre aquella sierra, deshaciéndose en dolor con cada movimiento y maldiciendo a los árboles por no haber dado nunca respuesta alguna. De aquella rama semiseccionada, brotaba sangre, para sorpresa de la niña, litros y litros de sangre que teñían las hojas secas que el otoño había dejado morir, haciendo de suelo en aquel bosque oscuro. Antes de terminar con la primera rama, la pequeña niña había perdido la consciencia. Y quedó allí, muerta, entre los árboles, que, pese a aquella desgarradora escena, permanecieron mudos. Una vez más.
Frances Meiwes
2 comentarios
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vRabo!
Copón, avisa de estas cosas.
Me ha gustado, sin más.
Pero cómo te voy a avisar, Enano, cada vez que escribo una entrada! Chequea esto de vez en cuando o apúntate a ese invento revolucionario de las RSS =D (siempre q la gente pone esto, yo veo un pene sin testículos).